Ella decidió estar en su cabeza
Zafarle los tornillos
Comerse el corazón
Ella era su recuerdo
La que le pinto el cuerpo
De utopía y amor
El se resignaba al asiento trasero
Perdía el aliento de naufrago
Le invitaba un café a Dios
Todos cortaban las flores
No existían las fiestas para la tentación
Ellos gritaban por ebrios
Las calles gemían orgasmos y olor
Todo fue un refugio
La mascara y el velo tenía excusas
Detrás del buquet y el amor
Ya llegaron a sus ochenta y cinco
Cabellos blancos, pasajes y ron
Las luces son negras, reflejan las marcas
El extraña a Dios
Entonces llego la marea
Se vistió de seda, le dijo adiós
Destapo la botella, introdujo el mensaje
Los dedos en la arena le recuerdan al sol.
José Miguel Fernández
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
No hay comentarios:
Publicar un comentario